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Cartas desde el frente.

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Mi nombre es Ebba Heilmann y nací en Berlín el 7 de Noviembre de 1889, a pesar de que mi familia procede de Babiera. Crecí en un pequeño barrio del norte de Prenzlauer Berg junto con mi hermano Anton, tres años mayor que yo y mis padres, Ahren y Anna. La humildad fue principalmente nuestro "estilo de vida". Mi padre estudió medicina en la prestigiosa Uiversidad de Heidelberg, en parte, porque la situación económia de mis abuelos paternos era bastante diferente que la nuestra. Mi madre por el contrario, creció en una familia humilde, de padres obreros, y no se averguenza de su pasado. Se conocieron por casualidad cuando ambos se trasladaron a Berlín en busca de un buen futuro, y aunque al principio parecía impensable una relación, el tiempo quiso unir sus vidas, y así fue. Mis abuelos paternos no aceptaron nunca esta relación lo que hizo que mi padre se desentendiera de ellos y empezara de cero. Mis abuelos maternos vivieron en Baviera y nos visitaron tres veces en Berlín, pero los años no pasan en balde, y hace cinco años murió mi abuelo, al año siguiente por tristeza o por vejez, mi abuela. Tras llegar a Berlín mi padre trabajó de obrero en una pequeña fábrica textil de las afueras de la ciudad, pero más tarde decidió montar su propio taller de artesanía en un pequeño local en el centro de la ciudad, ante la negativa de empleo en varios hospitales. Y aunque sé que a mi padre le gustaría proporcionarnos una mejor vida, él me ha enseñado todo lo que sé, y me introdujo en la medicina recordándome cada vez que titubeaba que siguiera a mi corazón, a lo que de verdad necesitaba y lo que me hacía feliz. "Ebba, hay cosas en la vida que merecen la pena, y una de ellas es vivirla", esta fue siempre mi frase preferida. Y así, ingresé en la Universidad de Bielefeld para estudiar enfermería. Obtuve muy buenos resultados y así tras este tiempo encontré un pequeño empleo como enfermera en la ciudad de Damrstadt.  La satisfacción de ayudar a salvar una vida no tenía precio para mí. Este empleo no duró mucho tiempo, ya que decidí ir a Suiza a buscar algún trabajo mejor. Así, durante tres años viví junto con mi tío Ulrike, que por aquel entonces había montado su particular sastrería allí, y al que la vida no le iba mal. Con el tiempo empecé a extrañar a  mi familia y a Alemania, asi que el 4 de Enero de 1914, cogí el tren y tras despedirme de las pocas amistades que había hecho allí, regresé a mi país. Justo cuando comenzaban los rumores de la "Gran Guerra". Al principio tan solo fueron rumores, más tarde la ciudad se comenzó a alterar y cada día que pasaba había mas tensión. En mi familia nunca nos habíamos dedicado a la política, ya que nos arriesgabamos a perder lo poco que teníamos. Aún así, era un tema que a mi siempre me había llamado la atención, aunque prefería mantenerlo en secreto. Aquel verano comenzaron los llamamientos de soldados para acudir al frente, incluso los que ya habían acabado el servicio militar como era el caso de mi hermano Anton. Pero mi hermano, afortunado como pocos, no tuvo que acudir en 1914, debido a que estaba cursando estudios de Arquitectura y por el momento, no era necesario que fuera al frente. Pero su suerte cambió en 1915, cuando en Abril le avisaron de que el número de soldados se había reducido y necesitaban contar con todos los hombres alemanes, asi que, el 2 de Julio se trasladó a la Pariser Platz, donde fue empujado a un viejo camión y llevado al frente de Oriente, en la frontera rusa. Nos escribe regularmente, y según nos ha dicho, ha ascendido varias posiciones en estos meses, y ha abandonado las trincheras, convirtiendose en la mano derecha de su general. Ese mismo día, mi amado, Helmut Schmidt recibió la misma carta, incluso fue destinado al mismo frente. Helmut y yo nos conocimos cuando acudió al taller de mi padre para arreglar una vieja mesa el 3 de Octubre de 1914, y me enamoré. Los motivos me sobran, dado que es la mejor persona que conozco, y la única capaz de hacerme sonreir incluso cuando se va a una guerra en la que tiene las mismas probabilidades de morir que de vivir. Y así, pasó el peor día de mi vida, aquel 1 de Julio de 1915. A mediados de Agosto de 1915, sin ninguna motivación y sin encontrar aún el camino de mi vida, ví un cartel que requería enfermeras de campaña para trabajar en el frente occidental, por un pequeño salario y en unas condiciones de vida no muy deseables. Me sorprendió la sinceridad de aquel cartel, y algo se activó en mí. Sentí la necesidad de volver a hacer feliz a la gente, de volver a sentirme util, y de ayudar a mi país, ese que tanto había dado por mi. Además, sin un salario para llevar a mi casa, me sentía mal por mis padres y por la situación de pobreza que se avecinaba en el país. De modo que esa misma semana, tras despedirme de mis padres y de mi madre, y tras darles un sentido abrazo y notar como volvían a quedarse desamparados, sin ninguno de sus hijos, y con la única esperanza, de que la suerte nos acompañara, entré a formar parte de las enfermeras alemanas de la Primera Guerra Mundial. Mi destino fue Zeebruge, aunque más tarde mi suerte cambiaría.

 

 

 

Enfermera alemana.

 

 Esta foto fue tomada el día antes de que partiera a la guerra, con el uniforma que me habían dado, al igual que a todas las enfermeras alemanas de la Primera Guerra Mundial.

 

 Esta es una de las cartas que le escribí a mi amado, Helmut Schmidt, desde el frente:

 

27-2-1916           

 

Liebe Helmut,

 

 Te extraño, con todo mi corazón y mi pesar. Me siento sola... más que nunca. La situación aquí es terrible. Me gustaría cerrar los ojos y desaparecer, pero hace tiempo qe perdí la fe en los milagros. Esta es la quinta carta que te escribo y aún no he recibido ninguna respuesta, no te culpo...imagino la situación que estás viviendo. Pero ansio una señal, que me devuelva la ilusión. Hoy hace exactamente  241 días desde la última vez que te vi...aún lo recuerdo como si fuera ayer. Eran las siete de la mañana cuando la ciudad despertó, aquel 1 de Julio de 1915. Era un día triste en Berlín, a pesar del bonito paisaje que nos rodeaba. Oí voces en mi casa y me levanté sobresaltada. En ese momento mi hermano le daba un fuerte abrazo a mi madre, que sollozaba y miraba a mi hermano con esa mirada triste, meláncólica, de despedida. Una mirada de una madre que a pesar de que la vida no le había dado lo mejor, sabía qué hacer en cada momento y sabía no derrumbarse. Hasta el momento en que Anton reibió el aviso tan temido por todos. La carta estaba firmada por un tipo, cuyo nombre no recuerdo, pero que compartió los tres años de servicio militar obligatorio con mi hermano, y que había continuado en el ejército hasta llegar a general, y el mismo que el 2 de Julio lo empujó al camión.  Tras el sentido abrazo a mi madre, mi hermano se despidió de mi padre, sin saber que le depararía el mañana y por último se acercó a mi, con los ojos llenos de lágrimas y me dijo una frase que siempre había significado algo importante para nosotros desde que la leimos en un viejo libro de literatura clásica que mi tío Ulrike había olvidado antes de partir  a Suiza, "alea iacta est", la suerte está echada. Parece ridículo creer en la suerte justo antes de ir a una guerra, pero si por algo nos caracterizabamos era por seguir confiando en ese futuro que tanto tiempo llebabamos esperando, y desde entonces, por mucho que reflexione e intente buscar una frase mejor para representar aquella situación, no la he encontrado.

 Ayer recibí una visita de mi una de mis superiores, me requieren para trabajar en un buque-hospital. Corinna, mi gran apoyo aquí, me ha dicho que es un trabajo muy dificil, que a menudo son bombardeados y las enfermeras tienen que actuar con rapidez y aunque viven en condiciones buenas, estos barcos pueden ser muy peligrosos. Aún no se que hacer, por una parte me apetece cambiar de lugar, y quizás así cambie mi futuro. Pero por otra parte tengo miedo de perder lo que tengo aquí. Y este lugar es bonito a pesar de hallarse en guerra...Corinna y yo vivimos en una pequeña casa más alla del río, al lado del hospital, junto con otras dos enfermeras. Las tropas pasan a todas horas  por delante de la casa y se alejan por el camino, y el polvo que levantan cubre todo lo que hay a su alrededor. A pesar de hallarnos cerca del mar  hay grandes llanuras cubiertas de cosechas y las montañas se pueden ver al fondo. Cada noche, regimientos y camiones pasan bajo nuestras ventanas. Los movimientos durante la noche son intensos. A menudo pasamos miedo y nos resguardamos en una pequeña salita situada al fondo de la casa.

  El motivo principal de esta carta es contarte algo, algo que quizás cambie mi vida, o acabe con ella. Hoy hace seis días que el coronel entró en nuestro hospital y nos dijo que nuestro ejército iba a comenzar una nueva ofensiva en Verdún, y que probablemente sería una batalla larga y sangrienta. Este es otro de los motivos por los que me ofertaron el puesto en el buque de la Cruz Roja, y pensándolo bien quizás allí sea más necesaria mi ayuda. Además, en la batalla de Verdún deberíamos actuar también como camilleras, tarea para la que no me veo preparada, y sobrevivir sería realmente dificil. Por lo que cada vez veo más cerca el barco...al menos allí tendría una litera asegurada, y el material nuevo y preparado para las curas, mientras que aquí apenas tenemos medios. El único problema que veo al buque es que seríamos solo tres alemanes mientras que los franceses y los ingleses disponen de al menos dos decenas de ellos, y la situación se complicaría.

 Hace aproximadamente un mes, tuvimos que ir a las trincheras para atender a unos soldados heridos de gravedad. La situación allí  es aterradora. Las ratas vagan a sus anchas por las trincheras, los soldados viven entre barro y humedad y hay ataques franceses continuamente. Y en Verdún la situación va a ser aún peor. Los pobres apenas tienen comida y sobreviven con uniformes rotos y sucios. Lo que mejor se conserva son las armas, había bayonetas, ametralladoras, incluso lanzallamas. En el momento de irnos un joven soldado llegó corriendo para avisar al general de que en unos diez minutos estaba planeado lanzar gases mostaza a las trincheras enemigas. No sé exactamente lo que es ese famoso gas, pero el testimonio de algunos de nuestros soldados que están en el hospital y que por error lo inhalaron es devastador. La mayoría fallecen, y sufren mucho antes de hacerlo. 

 Y viendo esta situación aquí, prefiero no pensar en lo que tú y mi hermano debeis de estar pasando por allí...¿Sabes algo de él? ¿Estáis en la misma sección? Me encantaría tanto recibir vuestras cartas, saber de vosotros...volver a sonreir. Al menos mis padres están bien, y la situación en Berlín se mantiene. ¿Has recibido noticias de tu familia? Necesito poner punto y final a esto, y sé que tú también. Y cuando todo esto acabe te prometo que seremos las dos personas más felices del mundo.

Y por último, sí. Sí, quiero. ¿No te has olvidado verdad? Justo antes de irte me pediste matrimonio, y ni siquiera tuve tiempo de darte una respuesta. Pues la respuesta es sí, una y mil veces sí. Tantas veces como las veces que me gustaría despertarme y encontrarte a mi lado.

Se fuerte, por ti y por mí. Y si sientes que ya no puedes más, , yo lucharé por los dos. No me olvides, yo no lo haré, nunca. Y recuerda que no es un punto y final, tan solo un punto y aparte.

Te amo Helmut.

Ebba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Actualizado ( Sábado, 26 de Febrero de 2011 22:06 )  
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