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Inicio Trabajos de los alumnos 4º ESO La Historia contada por nuestros abuelos La Historia contada por nuestros abuelos.

La Historia contada por nuestros abuelos.

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 Al proponerle a mi bisabuela, Emelina González González, hacerle una entrevista sobre la Guerra Cívil, sonrío y me dijo que tenía muchos recuerdos, la mayoría malos, pero que no le importaba compartirlos conmigo. Así, tras una tarde de entrevista, conocí mejor a esa parte de la familia, que no siempre tenemos la oportunidad de escuchar y de los que tanto tenemos que aprender.

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Emelina González nació en Llanos de Alba, un pequeño pueblo del Municipio de La Robla el 5 de Julio 1920. Sus padres fueron Concepción González González y Manuel González Rueda. Toda su vida la ha compartido con su hermana, Leontina, que actualmente sigue viviendo con ella y que, por lo tanto, estuvo también presente en la entrevista. Asi que, esta no es una historia aislada, es la historia de dos vidas unidas, tanto en la Guerra como en el  presente. Al tratarse de una familia con una situación económica estable, tenían dos casas. En una vivían sus abuelos, y en otra ella y su familia, aunque como reconoció, la mayor parte de su infancia la pasó en la primera, ya que se sentía bien allí, tenía espacio para jugar, para hacer trastadas y para divertirse con Leontina. La casa en la que vivía con sus padres tenía dos pisos, o piso-planta, como por aquí se conocen este tipo de viviendas unifamiliares. Tenían tres habitaciones, una para los padres y otra para cada una de las hermanas. La iluminación es algo que realmente me sorprendió, ya que situaban una bombilla en el espacio entre dos habitaciones para así poder ahorrar electricidad y mantener las dos salas iluminadas. Además, reconoció entre risas que cuando venía el empleado que controlaba la electricidad en el pueblo, mucha gente cambiaba la bombilla que tenían habitualmente por una de menor vatios y así ahorrar dinero. Aunque dice que ahora no se imagina a nadie haciendo estos "trucos" para ahorrar también es consciente de que hay otros muchos trucos que utilizamos las nuevas generaciones, aunque en otros aspectos.

Volviendo a la casa, Emelina se ríe al contarme que no tenían aseo en casa y que en aquella época estaba visto como algo "para ricos". Hablando de la cocina, Meli (así es como todo el mundo la conoce) me dice que tenían una cocina económica, una gran alacena blanca y una mesa de madera con bancos a su alrededor. Según me dió a entender, era grande y luminosa y era donde pasaban gran parte del tiempo ya que no tenían ningún salón o salita para reunirse. El mobiliario de la casa era el básico, camas de hierro, un armario para guardar la ropa de toda la familia y alguna mesa auxiliar, pero nada más de lo que fuera necesario. Sin duda alguna, lo que más me llamó la atención de la casa fue una sala pequeña a la que se llegaba por una trampilla en el techo del pasillo de la casa y donde se escondía su padre, Manuel ante el peligro de que vinieran a buscarlo cualquiera de los dos bandos durante la Guerra Cívil.  En el exterior de la casa había un gran corral y en torno a este dependencias para los animales , como cuadras y una pequeña huerta. También tenían un horno para amasar, una cocina de curar, donde hacían la matanza y un almacén para guardar la cosecha. Emelina reconoce que su casa tenía todo lo que necesitaba, y que en aquella época no pretendían tener más por el mero hecho de que no había nada más que pudieran necesitar.

 

Al hablar de la familia, la tristeza llega a la entrevista con las primeras lágrimas. Me cuenta que estaba muy unida a su abuelos, que trabajaban en el campo al igual que su padre y su madre, que hacía también de ama de casa. Tenían muy buena relación entre ellos y las hijas colaboraban al salir de la escuela y durante el verano. La relación entre las hermanas era inmejorable, ya que sabían que eran lo único que tenían y que no les podían arrebatar, el amor por la familia, y esto hacía que formaran un verdadero grupo lo que lleva a que cuando una parte del grupo se va, todo se desestabiliza. Por esto, al hablar de su madre, que murió en la postguerra cuando acababa de ser abuela, no puede contener el llanto, ni ella ni Leontina, aunque pronto se recomponen y sonríen al centrarse en otros recuerdos como los días de escuela. También recuerda Emelina cuando tuvieron que alojar contra su voluntad a un soldado de los Nacionales durante un tiempo y proporcionarle cama y comida, a pesar de que ellos no querían.

 

 La escuela a la que iban, se encontraba en el propio pueblo, muy cerca de su casa.  El edificio tenía dos plantas, en la de arriba se encontraba la vivienda del maestro y en la parte inferior se encontraba la escuela. Era un edificio grande y en el que ahora se encuentra la "casa del pueblo", algo así como una sala de reuniones. Acudían cada mañana a las 10 en punto y salían a la una de la tarde para comer en casa y volver a las tres de la tarde hasta las cinco, desde Octubre hasta Julio. El aula donde estudiaba, para Meli era bonito, con muchos mapas grandes y cuadros en las paredes y con una gran pizarra. También había largos bancos y pupitres, repartidos para cada sección. Como no entendía muy bien a qué se refería con sección, me explicó que aunque iban todos juntos tanto chicos como chicas y desde los 6 años hasta los 14, se repartían en función de tramos de edad. Las clases eran numerosas, unos 40 niños.  A la pregunta de que si llevaban uniformes, Meli me miró extrañada y me dijo que no tenían más de cinco vestidos y que no se podáin permitir comprar otro más para ir todos iguales, y que aunque ahora el uniforme sea un símbolo de disciplina, en los años 30 la disciplina se conseguía de otras formas menos delicadas.

 A la hora del recreo, las niñas jugaban al limbo, a la villarda, a las pitas y a las tabas mientras que los niños con un balón se entretenían fácilmente. Jugaban delante de la escuela, ya que no había ningún espacio específico ni ningún patio.  Además de estos entretenimientos, también cantaban canciones, sobre todo en Primavera, canciones relacionadas con la naturaleza y también Villancicos clásicos en Navidad. Aunque lo que hacían siempre, independientemente del maestro, era rezar. Lo hacían al entrar y al salir de clase, primero el maestro en voz alta y después repetían losniños, todos juntos como si de un coro se tratase.  El maestro que le enseñó durante los casi 10 años que estuvo en la escuela fue el maestro Cánovas, un murciano que se mudó al pueblo vecino y cuyo hijo sería después el cura del pueblo. Era muy serio e infundía respeto, pero era un buen maestro y se esmeraba en enseñarles y en hacerles entender que la educación era importante. A veces el fin justifica los medios, y con esta pequeña disculpa Meli me cuenta entre risas que era el maestro que ahora tanto nos extraña, el que ponía garbanzos debajo de las rodillas de los niños más rebeldes, pero que en esa época ningún padre se planteaba ni siquiera pensar que no era justo.  A pesar de esto, como ya me había dicho antes, le apreciaban mucho en el pueblo.

Al preguntarle por los métodos de enseñanza que utilizaba el maestro,  tanto Leontina como la entrevistada respondieron que preguntaba cada día la lección y les ayudaba a comprenderla y memorizarla, y que este método, a su forma de ver, era efectivo, ya que aprendieron bastante los años en los que fueron a la escuela. Y quizás fue por esto por lo que tanto les gustaba ir a la escuela. Meli me asegura que a su hermana Leontina le gustaba mucho escribir y que se le daba muy bien, ya que además se portaba bien y era una niña implicada, aunque reconoce que ella era un poco más trasto.  Al terminar la escuela, fue a una Academia de corte y confección en León, donde aprendió el trabajo, y aunque le hubiera gustado estudiar más, sabía que era con lo que más podía colaborar en su familia.

 El siguiente tema del que hablamos en la entrevista fue la comida. Los menús más habituales en la dieta familiar eran alubias, patatas entre semana y garbanzos los domingos. Se alimentaban de lo que ellos mismo obtenían, aunque obtenían más de lo que consumían y por tanto lo vendían para sacar así dinero. También utilizaban la leche de las vacas y el agua lo sacaban de la fuente que servía del suministro al pueblo. Los postres solían ser frutas o arroz con leche, recuerda especialmente cuando su tía lo hacía el día de las fiestas del pueblo, y reconoce que no pasó hambre ni ella ni nadie de su familia, ya que tenían los productos de casa. Pero aunque ella no sufriera por esto, me cuenta una anécdota que su padre le contó, conocían a mineros que llevaban solamente el papel del bocadillo, sin nada para comer, ya que les daba vergüenza que sus compañeros supieran que no tenían nada que llevarse a la boca. Lo comenta entristecia, y me cuenta que mucha gente iba a pedir comida a un gran rancho que había no muy lejos del pueblo.

También recuerda las Cartillas de Racionamiento, aunque no conserva ninguna, y me dice que normalmente daban medio litro de aceite al mes y dos hogazas de pan para la semana. La siguiente parte de la entrevista se centró en la higiene, las enfermedades y el vestido. La higiene diaria consistía en lavarse en cubos, calderos y valdes situados normalmente en la cocina o en el patio. No había duchas ni bañeras aunque sí solían cambiarse de ropa a diario. Su vestimenta habitual era un vestido para los días de diario, normalmente de tela y confeccionado en casa y otro distinto para los domingos y los días de fiesta. Para su Primera Comunión llevó un vestido nuevo aunque sencillo, como si fuera un domingo más. Normalmente estrenaban tres vestidos al año o cuatro. Nació en casa, que era donde casi todo el mundo lo hacía y la única enfermedad que tuvo fueron las fiebres tifoideas. Recuerda que el médico de La Robla venía a visitarla junto con su hermana, que también estuvo mala al mismo tiempo. En La Robla había dos médicos, y normalmente le pagaba una cantidad fija al año para que te pudiera atender en cualquier momento. Las enfermedades más comunes de la época eran anginas y fiebres o catarros, y los remedios eran tanto de la farmacia, pero sólo cuando estabas realmente enfermo, y remedios caseros como tila, manzanilla, pericón (para el dolor de barriga), poleo etc. También utilizaban estos remedios caseros para las enfermedades de los animales.

 Comenzó a trabajar a los diez años aproximadamente, combinándolo con la escuela. Cuidaba de los animales y trabajaba en el campo, por lo tanto el salario eran los propios productos. Trabajo en ello durante toda su vida desde las siete de la mañana hasta la noche, cuando guardaban los animales. Si se ponía enferma, otro miembro de su familia tenía que trabajar el doble para suplir su baja, por lo tanto, intentaban aguantar lo máximo posible. No existía la institución del paro ni ningún seguro ni remuneración de desempleo. Pero además del trabajo, a veces también se permitían divertirse. Por ejemplo, en las fiestas del pueblo, el Rosario y Santa Lucía. Se organizaban bailes, había cantinas y todo el mundo tras ir a misa, disfrutaba de la fiesta. Además los domingos había un salón con un organillo donde bailaban tanto jóvenes como mayores. Aunque no había ningún local de actividades recreativas ni en La Robla ni en ningún pueblo cercano. En su casa no tuvieron radio hasta que Emelina tuvo 20 años, tampoco tenían como es lógico televisión ni ningún aparato electrónico.

Aunque sí había música, pero era toda de manera natural. Solían ir a los teatros que se hacían en el pueblo, e incluso ella misma participó en dos o tres obras de teatro, junto con los otros jóvenes del pueblo ya que esto les permitía aprender y distraerse. Dice, apenada, que nunca fue de vacaciones pero que tampoco le entristeció ya que tenía aquí buenos amigos con los que divertirse. Entre estos amigos, se encontraba el que después sería su novio, Justo, un chico procedente de Ávila que llegó al pueblo con su familia y al que conoció en el bailes de la boda de un amigo. Desde ese momento, comenzaron a salir. Los domingos iban al baile y así, y después de que Justo volviera de hacer por segunda vez el Servicio Militar Obligatorio, se casaron, el 28 de Abril de 1940, tras la dura Guerra y con la promesa y la esperanza de estar juntos hasta que la muerte les separase. Recuerda emocionada la boda, ella llevaba un vestido de tirantes azul marino y él, elegante con un traje negro con corbata y un sombrero negro. Hicieron un banquete y fiesta durante dos días y aunque no pudieron ir de Luna de Miel (algo que entonces no se hacía) vivieron muy felices juntos. Después de la boda Justo tuvo que volver de nuevo a hacer la Mili, y volvió de nuevo, para estar con su mujer con la que tuvo dos hijas, Honorina y Marina, mi abuela.

 La última parte de la entrevista se centró en los recuerdos de los tres años que duró la Guerra. Los primeros rumores comenzaron con una anécdota, y es que los trenes que venían de Asturias cada vez llegaban con más gente, que decía que algo pasaba y que la gente estaba inquieta en Asturias. Emelina, con 16 años, reconoce que estaba asustada pero que fue un proceso progresivo, no ocurrió de un día a otro y poco a poco la gente estaba cada vez más atemorizada con lo que podía llegar a pasar. La familia de Emelina permaneció en su casa durante todos los años de la Guerra, a pesar de que en el propio pueblo de Llanos estaba el frente, y de que hubo un gran número de víctimas e incluso bombardeos. Nadie de la familia tuvo un signo político definido durante el conflicto, al igual que la mayoría de la gente, se consideraban marionetas manejadas por los dos bandos. Los reconocidos "rojos" del pueblo, huyeron con la llegada del Ejército de los Sublevados, que se estableció en Llanos de Alba durante casi toda la Guerra. Justo, tras haberse casado, y como ya dije antes, tuvo que alistarse en el ejército e ir a Teruel, donde lucho con el bando de los Sublevados, ya que se lo impusieron y a pesar de que él, al igual que la mayor parte de jóvenes, no tenían ninguna vinculación ni con el Ejército ni con la política. Los problemas más graves que pasaron Emelina y su familia, según ella fueron sin dudarlo el miedo, miedo a perderlo todo incluso su vida, miedo al ejército y miedo a los políticos, miedo a la gente que en algún momento les había odiado y que podían inculparles sin prueba alguna, miedo a la cárcel y a pasar hambre, pero sobretodo miedo por el futuro, mezclado con incertidumbre, lo que hizo que cada día de la Guerra supusiera una posibilidad más de caer. Al preguntarle a la entrevistada por la imagen más significativa que recuerda de la Guerra no duda ni un momento y me responde con lágrimas en los ojos que jamás olvidará el momento cuando se encontraba con su ya marido, Justo en León después de que este hubiera vuelto del frente y vió salir de la cárcel de San Marcos a tres amigos y vecinos, tres jóvenes que como muchos otros rojos habían huido para evitar ser fusilados y pasaron encadenados, delante de sus ojos, y fue cuando conoció el verdadero significado de la palabra impotencia. Sabía que no habían echo nada, y sabía que sus familias estaban sufriendo, pero ella no podía hacer nada, y por eso es un momento que nunca olvidará. Después, estos tres jóvenes fueron liberados, al finalizar la Guerra, aunque estuvieron a punto de morir fusilados. Otra imagen que también recuerda con mucha tristeza es ver como algunos Asturianos republicanos quemaban todas las tierras de esta zona para evitar así que el ejército franquista lograra avanzar.

Se acuerda de que la Guerra aquí fue especialmente dura por los problemas que había entre las familias y las venganzas que aprovecharon el momento para saldar sus deudas. Recuerda que hubo un militar que a pesar de ser del bando franquista, avisó a muchos republicanos para que huyeran y así poder salvar su vida, con lo que también demuestra que hubo gente que fue más allá de un simple bando e intentó conservar sus valores. Como anécdota, Emelina me cuenta, que tenía una amiga que era la encargada de llevarle la comida a las presas que había en la Robla, pero para pasar de Llanos a La Robla necesitaba cruzar un puente en el que le hacían un registro, pero había un jóven militar del pueblo que estaba enamorado de Emelina, y los días que ella acompañaba a su amiga podían llevarles más comida u otros objetos de necesidad y por eso, no fueron pocos los días en los que por ser solidario y ayudarse unos a otros, tras trabajar bajaba con su amiga a La Robla y evitaba así que les registraran. La Guerra, comenta, destruyó comercios, campos y dejó a la gente desamparada, y aunque se alegra de que nadie de su familia muriera, fueron muchos los amigos y vecinos desaparecidos, gente a la cual solo se les puede culpar de expresar sus ideas, de intentar cumplir sus sueños, sacar a su familia adelante y conseguir al menos, sobrevivir. Después de esta entrevista, he comprendido lo que fue el dolor en la Guerra Civil española, lo que significó de verdad la palabra lucha, el hambre o la muerte. Pero sobretodo, y como mi bisabuela, y la gran protagonista de esta historia me enseñó, el miedo y el dolor. Porque aunque normalmente todo tenga sus pros y sus contras, su lado positivo y negativo, por mucho que intentemos buscar, tanto las generaciones de nuestros abuelos, como nosotros, algo bueno a esta Guerra, es imposible que exista. Y como Emelina dice, la marionetas de este juego por el poder, fueron las que de verdad salieron perjudicadas, ya que detrás de cada una de ese millón de muertes había una persona, una familia, una vida y un sueño.

 Galería de imagenes:

- Link:

 https://picasaweb.google.com/105740703719336056291/FotosHistoria?authkey=Gv1sRgCOeQn9zwxp2HAw

 Imagen 1: Mi bisabuela, Emelina junto con su hermana pequeña, Leontina, a su derecha, y el resto de su familia. Sentados, sus abuelos y de pie su tía y sus padres Manuel y Concepción. Esta foto es de 1927.

 Imagen 2: Foto tomada a Emelina cuando tenía aproximadamente 27 años, posando sonriente.

 Imagen 3: Mi bisabuelo, Justo Cabello. Foto de un carnet del año 1938, antes de marchar por segunda veza a la Guerra Civil. Imagen 4: Foto tomada en la boda de Justo y Emelina, en 1940, posando sonrientes y elegantes, ya acabada la Guerra. Imagen 5: Emelina y yo, el día de la entrevista.

 Imagen 6: Documento de otro de mis bisabuelos, Julio Linacero Rueda, del año 1944, ya en la postguerra y que se trata de un documento conocido como seguro de enfermedad, que le daban a los trabajadores al contratarlos en una empresa. Imagen 7: Primera página del seguro de enfermedad, en el que figura la firma de Julio Linacero y la fecha, 1944.

 Imagen 8: Documento de un registro de Mutualidad en el que figuran Remedios, mujer de Julio, Maximino y Maria del Carmen, sus hijos.

 Imagen 9: La madre de la entrevistada, Concepción González, en una foto durante la Guerra. Imagen 10: Foto de 1935, de una parte de los animales que cuidaban Emelina y su familia. Imagen 11: Foto de Emelina con aproximadamente 22 años, durante la Guerra. Y en la que posa sonriente, a pesar del mal estado en el que se encuentra la foto.

 Imagen 12: Foto familiar de la década de 1920. Sentado, Manuel González Rueda, en sus brazos Emelina y de pie, Concepción González con su hija pequeña, Leontina.

Actualizado ( Sábado, 11 de Junio de 2011 20:29 )  
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